La ensalada de mi abuela

Tomate y especias

Tomate y especias (foto de condesign)

Si sale en una conversación el tema de la comida cualquier persona te dirá: “la mejor tortilla: la de mi madre”, “la mejor lasaña: la de mi madre“, “mi madre hace la mejor tarta de queso del mundo“… Incluso se han hecho vídeos al respecto donde sirven a los hijos dos platos de comida idénticos, con los mismos ingredientes, la misma preparación, etc. Pero uno hecho por sus madres y otro elaborado por un chef siguiendo la misma receta de las madres. Aparentemente no hay diferencia, y sin embargo, según el vídeo, todos reconocen el plato de su madre. ¿Será verdad que el ingrediente principal es el amor y que éste es sensible al gusto?

Yo aun tengo la suerte de contar con mi madre y que me prepare esa maravillosa empanada tan deliciosa, no importa que cambie la receta, que le quede sosa, que quiera innovar con masa integral… Porque en mi casa, que somos así de únicos, las recetas cada día salen de una manera, unas veces de forma accidental y otras porque buscamos mejorarlas, pero aun así, la empanada de mamá, que lleva patata como suele hacerse por nuestra tierra, es única y siempre está riquísima. Además, también está el churrasco que hace papá a la brasa cuando vamos el domingo a la finca. Yo no se qué tiene ese churrasco, porque en realidad no le echa ninguna salsa (en mi casa no somos mucho de salsas), pero aun así, solo sabe así de rico allí.

Pero la comida que más echo de menos es la ensalada de mi abuela. Mi abuela hace ya unos años que nos dejó y más aun que dejó de cocinar, y con ella se fueron sus recetas. Pero recuerdo, como si fuera hoy, la ensalada tan rica que hacía. Y mira que suena absurdo y tonto, porque era una ensalada simple, con lechuga, tomate y cebolla. Cebolla… Que por aquel entonces era el ingrediente principal de los platos de mi abuela y mi mayor enemigo. ¡Sin embargo la ensalada estaba tan rica!

Y mira que suena absurdo y tonto, porque era una ensalada simple, con lechuga, tomate y cebolla.

Recuerdo que la preparaba en una fuente alta, de esas color ámbar que era tan común en el menaje de las cocinas de los años 80. Hubo un tiempo que incluso pensé que el secreto de tan deliciosa ensalada era esa fuente, quizá porque pensaba que todos los ingredientes se podían mezclar de una forma perfecta tal que dieran ese sabor tan especial. Luego, cuando tuve una fuente alta me di cuenta que ese no era el secreto y pensé que ese aroma y sabor se iban a quedar escondidos en el recuerdo.

Me había olvidado ya de la ensalada de mi abuela, cuando un día, preparando tomate fresco para acompañar unas fajitas, me di cuenta de lo bien que olía al dejarlo macerar con sal y un poquito de aceite de oliva unos minutos mientras preparaba el relleno. Me fijé en el jugo que soltaba, que era igual al jugo que quedaba en el fondo de la fuente alta color ámbar de mi abuela. Y entonces, me acordé de ella, de su ensalada, del olor, del sabor… Y fue como un regalo, el secreto de la receta era dejar macerar la ensalada un tiempo antes de servirla, para que el tomate suelte jugo, para que se mezcle con el aceite, para que empape la lechuga y la cebolla.

Hoy en día no nos detenemos ni un segundo, corremos de un lado a otro sin parar, no tenemos tiempo para nada y eso repercute en cosas tan aparentemente insignificantes como el secreto de la ensalada de mi abuela: tiempo de reposo, de maceración. Permite que cada momento tenga su tiempo, su espacio, y todo sabrá mejor, olerá mejor y lo sentirás más.

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