Ayer era feliz, pero yo no lo sabía – Primera parte

Me sentí agotado, consumido...

Me sentí agotado, consumido…

Ayer era libre, era hombre, era fuerte. Ayer tenía poco pero ahora siento que lo tenía todo. Ayer era feliz, pero yo no lo sabía.

Me sorprendí mirándome al espejo una mañana y solo vi arrugas. Me vi feo, gris, viejo, agotado. Sentí que tanto trabajar no había servido para otra cosa sino para deteriorarme y llegar a un punto en el que ya no era válido para ningún trabajo. La sensación de jubilado, de tener todo el tiempo del mundo para dedicarme a mis pasiones, se empañó en un segundo como el vaho empañó el espejo que me mostraba la realidad. Creo que fue en ese momento cuando me abandoné.

Nunca pensé que sería tan duro asimilar la vejez, los años, la vida. De pronto me sentí agotado, consumido… ¡Y qué te voy a decir!, si así lo sentí. La tristeza ahogó mis ánimos como un tsunami que arrasa con todo, y me sentí empapado de agua salada que brotaba de mis ojos.

De pronto me sentí agotado, consumido…

Pero lo intenté, créeme que lo intenté. Cada vez que la veía sonreírme, animarme a salir a pasear, a comprar, cada vez que me rozaba con sus manos suavemente la mejilla… yo lo intentaba. Pero es muy difícil luchar contra una convicción tan grande, contra un destino escrito desde hace siglos sobre el que ni ella ni yo podíamos hacer nada. Es inevitable. Los días se acaban y solo resta jugar a la fortuna para ver quién será el próximo: ella o yo. Y si tuviéramos la mano ganadora quizá nos iríamos juntos, sin hacer sufrir al otro la pérdida del ser más querido. Sin ruidos, sin llantos. Ese es mi pensamiento cada día, no hacerle sufrir mi marcha, sino marchar juntos y descansar por fin felices después de una vida tan dura.

Ayer nos teníamos los dos. Yo la tenía a ella aunque ella no me tenía a mi, porque no era yo, porque yo me había ido de la vida, de su vida, de nuestra vida. Porque los golpes me hicieron duro y olvidé toda forma de sentir. Olvidé sonreír y aprendí a gruñir por todo, con ella, conmigo. Odie todo ser divino que nos hacía envejecer, que nos hacía sentir que la juventud sabía a poco y que se esfumaba como el humo de un cigarro.

Ayer yo no sabía que podía cantarle a mi mujer el primer bolero que bailé con ella, y bailarlo de nuevo juntos, y no sabía cuán feliz la podía hacer eso y cuán feliz me haría a mi. ¡Qué tonto fui! Porque yo pensaba que la vida me había cansado, que era viejo, que el aliento se me acababa, que solo quedaba un suspiro, uno tan pequeño como inapreciable, que ya no quedaba nada.

… y no sabía cuán feliz la podía hacer eso y cuán feliz me haría a mi.

Ayer no sabía que era afortunado, que era rico en la pobreza, que estaba pleno. No sabía que el sol salía a pasear cada mañana por mi salón, ni que la lluvia nutría las plantas que adornaban mi jardín. Desconocía por completo su rostro dormido en la mañana, que era tan bello…

Y me di cuenta hoy, de que ayer era feliz y tenía todas esas cosas, porque ayer yo no lo sabía.


Leer la segunda parte: Ayer era feliz, pero yo no lo sabía – Segunda parte
Leer la tercera parte: Ayer era feliz, pero yo no lo sabía – Tercera parte

Pilar Amaku

Soy bloguera de El Amaku desde que nació. Creo que las personas mayores necesitan un altavoz para ser vistas y oídas, porque sí hay vida después de los 65 años, una vida alegre y dinámica.

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