Concurso “Cosas de Abuelos”: Recuerdo a mi abuelo Daniel

El abuelo Daniel, abuelo de Samuel

Mi abuelo Daniel, tuvo una vida que podríamos llamar interesante. Con un origen casi incierto fue el más pequeño de sus hermanos en su mayoría emigrados a la Argentina, se quedó solo en casa con sus padres a muy temprana edad, trabajó muy joven en el campo, incluso como jornalero, luchó en la Guerra Civil en la batalla de Brunete, se casó con mi abuela teniendo 6 hijos criados y dos fallecidos, labrador de pareja de bueyes, arado romano, hoz… y boina claro.

A pesar de todas las vidas que probó ganándose el pan con su sudor, mi abuelo tenía un don que solo explotó para los suyos, para entretener y hacer soñar a sus hijos, nietos, y seguro que amigos en tiempos de cantina y cuartillos de vino. Este don indiscutible era el de contar historias, y vaya si tenía historias que contar, entre las que le habían pasado en su vida, anécdotas, chistes y cuentos podía tener a 6 hijos entretenidos en los tiempos en que no existía la televisión, a 13 nietos en los tiempos en que ya existía la televisión, y a un montón de biznietos en los tiempos en que existe la televisión, los videojuegos, e internet.

Y es que mi abuelo vivió más de 90 años, nos dejó en herencia algunos bienes materiales y sobre todo un recuerdo inolvidable, una personalidad templada por los años, y el patrimonio inmaterial de decenas de historias que a mi personalmente me ataban a la silla con la boca abierta impresionado por sus andanzas. Abuelo Daniel también tenía un gran temperamento, creo que como el profeta Daniel era capaz de parar a una manada de leones con solo mirarlos, en estas situaciones él añadía a su gesto un “me cago en chupín…” y nos ponía a todos firmes cuando armabamos alguna.

Las historias que mi abuelo contaba están en la memoria de sus hijos y nietos, al igual que una casa a la que no se le presta atención y amenaza ruina, asi el olvido hace mella en estas historias que deben guardarse como el mejor de nuestros legados. Se reciben gratis y sin ánimo de lucro se ofrecen al que escucha expectante. Entre las historias ciertas que contaba estaban los días de julio en que permaneció tirado en un camino sin comer en la batalla de Brunete amenazado por el enemigo; el día que se le atolló el carro yendo a por leña al “monte la marquesa”; cuando su padre se cayo del carro quedando cojo, cuando falleció su madre estando en el frente, y un innumerable listado de historias con cada hijo y con cada vecino del pueblo; también cultivaba el cuento inventado entre el que destaca en mi memoria el cuento de “Francisquín y Franciscón”, que como una herencia familiar sólo he oido en mi familia, a mi me la contó mi padre y espero que todos los biznietos la conozcan algún día; asimismo y de lo más recurrente eran sus chistes de Quevedo que hacían las delicias de los niños por sus temáticas.

En fin, podría estar hablando un siglo de todas las facultades de mi abuelo, pero creo que todas se concentraban en una capacidad increíble por atrapar a sus oyentes, en sus historias, el temple de su voz, los giros verbales se demostraba la pasta de la que estaba hecho, su humildad y sinceridad hacía que nunca se vieran empañadas por la inmodestia, al contrario a mis ojos mi abuelo aparecía y aparece como un héroe sin causa, sin medallas, pero con la más alta de las dignidades.

Hace aproximadamente un año que mi abuelo falleció, quiero recordarle con una poesía del portugués Fernando Pessoa:

ABDICACIÓN

Tómame, oh noche eterna, en tus brazos
y llámame hijo.
Yo soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos flojos,
a manos viriles y calmas entregué;
y mi cetro y corona yo los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintineo tan fútil,
las dejé por la fría escalinata.

Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día.

Enviado por Samuel para el Concurso “Cosas de Abuelos”

Pilar Amaku

Soy bloguera de El Amaku desde que nació. Creo que las personas mayores necesitan un altavoz para ser vistas y oídas, porque sí hay vida después de los 65 años, una vida alegre y dinámica.

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